¿Cómo se hace patria con barro hasta las rodillas?
- revista angiru
- 3 nov 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 nov 2025

Crónica desde la construcción en el Barrio 6 de Septiembre, por Pilar Abraam
Una implementación desde cero en un barrio nuevo, con barro, lluvia y gente que no afloja. Diecisiete familias consiguieron un piso seco. No fue magia ni un final, sino un principio. Y lo que quedó claro es que estar ahí, juntos, es lo que importa.
Cuando se desató la tormenta, vecinos y voluntarios tiramos todos para el mismo lado. No se trataba solo de construir casas, sino de aguantar juntos lo que viniera.
En diciembre, Camila me propuso ser implementadora en un barrio. Dije que sí sin pensarlo demasiado, sin tener muy claro de qué se trataba. Ya había participado en actividades de TECHO, pero nunca desde adentro, desde ese lugar que exige estar todo el tiempo, formar vínculos y prestar oído de verdad.
Antes, mi experiencia era otra: llegar, levantar paneles y volver a casa. Pero el Barrio 6 de Septiembre fue distinto. Fue la primera vez que acompañé un proceso completo de implementación, y también la primera vez que TECHO intervino en ese barrio. Todo resultó nuevo: para mí, para el equipo, para las familias.
Fui aprendiendo sobre la marcha. Aprendí a escuchar, a hacer preguntas, a equivocarme y volver a intentar. No había un manual, pero sí muchas ganas.
Al principio, cargaba la mochila con lo de siempre: agua, cinta, fibrones, un buzo, cosas “por si las moscas”. Pero también llevaba la cabeza llena de dudas, miedos y preguntas.
Con el tiempo, esa mochila pesó más. No por su contenido, sino por todo lo que fui sumando: historias, silencios, charlas y miradas de los vecinos. Hasta que llegó el día de la asignación. Con él, un poco de alivio: diecisiete familias iban a tener un piso seco.
Un piso firme. Una distancia real entre el barro y sus casas.
La implementación no fue fácil. Costó que confiaran. Costó explicar que no veníamos de un partido ni de una iglesia. Que no éramos héroes ni salvadores. Que esto iba en serio, a largo plazo. Que había que estar todos los sábados, escuchar, entender y aceptar errores.
Uno de los fines de semana previos a la construcción me descompuse y tuve que apartarme un rato durante la descarga de materiales. Ahí fue cuando el equipo mostró su fuerza. Cada persona tomó su lugar y sacó adelante lo que hacía falta. Vecinos, voluntarios, amigos: todos con los pies en el bar panel al hombro, recorriendo cuadras enteras con materiales. Desde el principio, se trató de hacerlo juntos.
Una semana después llegó la construcción. Me tocó ser JEFA DE ESCUELA*. Pipi fue mi dupla como JEFA DE TRABAJO*. Para mí, eso fue un regalo.
El primer día no tuvo demasiado cuento, más allá del cansancio de caminar toda la tarde por el barrio, el sol que parecía más cerca que nunca y un buen guiso que compartimos en casa de Pitu, durante un rato libre en medio de nuestras tareas como roles móviles.
El segundo día fue otra historia. Lluvia, viento, frío.
La tormenta me sorprendió en la cuadrilla de Dami y Brenda, en la casa de Cintia. Fue ella quien nos abrió la puerta para refugiarnos del viento que nos azotaba la cara y del agua que nos empapaba por completo.
Adentro, el panorama no era mejor: el techo filtraba por todos lados, el colchón ya estaba mojado, y Lauti —su hijo de 12 años— sostenía los cables para evitar que se mojaran. Todo mal. Pero ahí estábamos.
Apenas paró un poco la lluvia, salí a ver cómo estaban las otras cuadrillas. Caminé por un barrio completamente embarrado, con el pelo mojado y la ropa pegada al cuerpo. Me crucé con voluntarios que también seguían ahí, enteros, con la mirada firme. Algunos vecinos ofrecían lo que tenían: un mate, un poncho, un techo improvisado. En ese ir y venir entendí que el aguante era compartido.
Se armó un ropero comunitario improvisado. Al pasar por las casas, vi a voluntarios con camperas prestadas, buzos tres talles más grandes y pantalones que apenas cerraban. Las familias usaban sogas improvisadas, o intentaban prender un fuego para secar un poco la ropa empapada como podían. Había barro y humedad, pero también un calor que no venía del sol, sino de los cuerpos que se acompañaban.
Nadie se fue. Cada uno buscó la manera de terminar su casa ese mismo día. Porque más allá del frío, del agua y del cansancio, había algo que tiraba más fuerte. Y eso, para mí, fue todo.
Sé que no alcanzó. Que esas familias siguen sin servicios básicos ni oportunidades. Pero sé que hicimos algo. Dejamos un pedazo de dignidad. Un piso seco. Un cambio real.
“No se hizo magia. Se hizo patria”, pienso ya de vuelta en casa, con la mochila más liviana. No porque lleve menos —eso nunca—, sino porque sé que tengo un equipo que camina conmigo.
*JEFX DE ESCUELA. se encarga de la vida social dentro de las escuelas en las que se quedan los voluntarios durante cada construcción.
*JEFX DE TRABAJO. Se ocupa de la administración de toda la construcción.
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