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Cómo ver a la muerte

  • Foto del escritor: revista angiru
    revista angiru
  • 3 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 5 nov 2025


Un cuento de Max Gómez


  Deben de ser contadas las universidades que poseen mascotas. Deben ser incluso menos las que tienen por animal insignia un gato. De hecho, tal vez solo una tiene un gato negro… uno como este. 


 Yo vi como esos ojos comían almas. El plural que denota voracidad. Garras que desprenden sueños y las vuelven pesadillas. No por nada no hay animales cerca de toda la cuadra.


 El día que apareció tenía una marca bajo su estómago. Varías heridas pero la frente en alto, protagonista de una pelea de la cual salió victorioso. Pasaron los días y el gato seguía paseando por los pasillos. Los alumnos le daban alimento y mimos. Empezaron a debatir su nombre.


 Pantera, por su parentesco con el felino de la selva y la sabana, o Salem, en nombre de la ciudad en la que en alguna época no tan lejana persiguieron y mataron a cientos de mujeres por supuesta brujería. La mayoría decidió llamarlo Pantera, pero yo y unos cuantos más vimos su verdadera personalidad, digna de su otro nombre.


Antes de su llegada, el edificio de COMTULAB era constantemente visitado por distintos animales. Muchos perros, algunos gatos y hasta monos. Su cercanía con la facultad de veterinaria lo explica.


 Ahora, el único animal que ronda por los pasillos tiene entre sus garras la razón.

 

Cuarenta y dos mascotas se perdieron en estos dos años, además de dos familias de monos Carayá. Me comuniqué con los dueños de los animales perdidos y con cuidadores de la zona. Todos coincidieron en algo: en el último lugar donde fueron vistos, el piso y las paredes estaban marcadas. Unos rasguños que sobresalían. Unos rasguños nunca antes vistos.

 

Estas marcas no coinciden con ningún animal de la región, ninguno de América”. Cuando escuché esa afirmación de uno de los profesionales a los que acudí, me di cuenta que esta investigación sobre pérdida de mascotas iba a tomar un rumbo distinto.

 

Debido a la incompatibilidad de los datos, y la investigación estancada, escuché el consejo de una compañera periodista. Fui a hablar con una persona que sabía sobre espíritus y bestias mitológicas. Me habló del gato de las cuatro corrientes. “El espíritu del primogénito de un matrimonio millonario correntino, que fue tirado, por motivos desconocidos, desde el puente General Belgrano a días previos de su inauguración. Su pequeño cuerpo fue encontrado por cuatro gatos en la orilla del río. Desde ahí su alma trasciende de felino en felino buscando encontrar a aquellos que tienen la sangre de su familia”.

 

Una de las noches en las que recorrí los pasillos me encontré espiando al supuesto gato. Lo vi llevándose lo que parecía ser una pata larga y peluda, como de perro flaco y alto, hacía el patio trasero. La penumbra y el frío evitaban que pueda ver más allá. Me quise acercar cuando en una fracción de segundo, el animal se volteó y me miró fijamente.

 

Fue ahí cuando pude ver esos ojos. Sus verdaderos ojos. Penetraron mis pensamientos. No eran rojos ni amarillos, eran negros, pero era como apreciar el vacío, como ver a la muerte.

 

Apenas pude moverme traté de escapar por el pasillo. Subí las escaleras sin mirar atrás, pero su presencia no tardó en alcanzarme. Sabía que yo había visto mucho. Por mi mente solo pasaba; donde me había metido. Si no me encontraban más… Nadie sospecharía de un gato negro que parece inofensivo.

 

Logré salir por una ventana del aula 1 que quedó abierta. Cuando la adrenalina se detuvo sentí, como la sangre de mi pierna mojaba el piso de la calle Sargento Cabral. Solo me dio una advertencia.

 

No pude saber dónde están los animales perdidos. Seguiré investigando, tal vez encuentre algo en octubre.

 

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