top of page
2[1].jpg

El lento arte de no renunciar

  • Foto del escritor: revista angiru
    revista angiru
  • 3 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 4 nov 2025


Un texto de Fernando Portillo

 

Si la vida fuera una película, este sería el momento en que la audiencia cambia de canal. Me desperté a las once. No porque hubiera dormido mucho, sino porque no tenía sentido levantarme antes. ¿Para qué?

 

El trabajo empezaba a las dos, ese sitio que no sabría cómo definir… un calabozo disfrazado de oficina, un reality show sin cámaras. Catorce cuadras caminando con los zapatos vencidos. Y el sol de frente, como si tuviera un pacto con mi jefe para recordarme que la vida es una broma sin remate. Tenía que llegar temprano porque el jefe decía que la puntualidad era lo único que nos separaba de la jungla. Yo pensaba que la jungla, al menos, tenía árboles. Y lianas. Y en el mejor de los casos, un tigre te devoraba rápido; no te hacía firmar planillas primero.

 

El trabajo no era difícil; apilar cajas, llenar planillas, sonreír un poco para no parecer un psicópata. El sueldo alcanzaba apenas para alquilar un departamento que venía con humedad incluida y comprar comida sospechosamente barata en el supermercado chino. Todo lo demás eran deudas. Deuda con el banco, deuda con los amigos, deuda con uno mismo. Una deuda infinita, como si hubieras firmado un pacto con el diablo, pero en cuotas.

 

Lo más terrible no era el cansancio físico, sino esa certeza de que nada estaba bajo control. Te dicen: “sé productivo, sé independiente, construí tu vida”. Y vos ahí, moviendo cajas como si fueran ladrillos de tu propio mausoleo. Tratar de convencerte de que eso era un proyecto de vida era como convencer a un pez de que disfrute vivir en una pecera de plástico.


Quise reírme, pero la risa salió como un bostezo tímido.


 Los jefes manejan una fórmula perfecta: darte lo justo para que vuelvas mañana, pero nunca tanto como para que quieras algo distinto. Una adicción barata, sin glamour, sin poesía. El trabajo como droga legal: te mata despacio, sin el encanto del whisky ni el desenfreno de la cocaína. Solo rutina, solo obediencia, como una relación tóxica, pero sin sexo.


 Salí a las 21. La noche no tenía nada de especial, nada de esas cualidades que el cine se empeña en atribuirle, como si la oscuridad tuviera la obligación de ser romántica o peligrosa. No, era una noche funcional, práctica, como una oficina que nunca cierra. Un color negro administrativo, sin épica, el de la tinta corrida en un formulario de impuestos. Caminé sin apuro, más por inercia que por entusiasmo, y llegué al bar de siempre, que a fuerza de costumbre ya no parece un lugar, sino un apéndice de mi rutina. Entré, pedí un café frío y el mozo me miró como si hubiera confesado una perversión menor. No pedí cerveza, me emborracha rápido, y al otro día tenía que seguir pareciendo medianamente humano. 

 

El café era intomable, pero honesto. Como la vida misma: amarga, tibia, inevitable.


 Quizá si era una perversión; tomar café a esa hora es como declararle la guerra al sueño, pero una guerra sin armas, sin estrategia y, sobre todo, sin gloria. Y ahí estaba yo, intentando encontrarle un sentido a ese sorbo amargo, como si del café dependiera la posibilidad de que la noche, al fin, se revelara interesante.


 Miré alrededor. Todos hablaban de fútbol, política, mujeres imposibles. Nadie mencionaba la tristeza que se te pega al cuerpo como un inquilino que no paga. Nadie admitía que el trabajo te deja un agujero en el pecho. Porque si lo nombrás, se hace real, y si se hace real… bueno, entonces tendrías que hacer algo.


 Y Dios nos libre de la acción.

Mejor callar. Mejor otro café frío.


 Ahí entendí que la depresión no era un monstruo psicológico escondido en mi inconsciente. Era, más bien, la decoración del ambiente. Estaba en la cuenta bancaria, en el horario de entrada, en ese reloj que avanza como un verdugo. Era esa voz repetitiva: “mañana lo mismo, mañana lo mismo”.

 

 Terminé el café y encendí un cigarrillo en la vereda. La ciudad seguía en movimiento, como si alguien la estuviera filmando y yo fuera un extra que nunca consigue línea de diálogo.


A mí no me importaba.

A nadie le importa.

Y sin embargo, mañana a las dos, voy a estar otra vez en la fábrica de cadáveres emocionales.


 Después de todo, no eran solo las cajas, ni el sueldo miserable, ni el jefe con su sermón de jungla inventada. Era algo más viscoso, más íntimo. La deuda pegada al cuerpo, la risa seca, la tristeza muda del bar, ese aire denso que uno ya no respira, sino que traga como veneno diluido. La depresión no estaba en mi cabeza, estaba en el reloj, en la cuenta bancaria, en la rutina que te encadena mientras juras que sos libre. Precariedad, alienación, depresión. Una trinidad moderna, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero sin iglesia, sin redención y sin vino.

 

Y lo peor es que voy a volver igual.

 Porque lo que llamamos depresión ya no es ese tormento romántico de los poetas suicidas, sino un aparato burocrático que se alimenta de sueldos bajos, jornadas largas y promesas de progreso que nadie recuerda haber firmado. El sistema ofrece libertad, pero te entrega cadenas con recibo de sueldo. La alienación ya no es una categoría filosófica; es la contractura en la espalda, la sonrisa impostada en la oficina, el café frío que tragas para seguir funcionando.


 En una sociedad obsesionada con la productividad, el fracaso no se mide en sueños o creatividad, sino en números: la cuenta bancaria, las cuotas, la deuda. El individuo queda reducido a un engranaje con cara, obligado a repetirse, a sobrevivir en una rutina que se disfraza de mérito. La tristeza que ahí se genera no es íntima, es colectiva, un malestar compartido, pero cuidadosamente silenciado.


 Por eso la tristeza contemporánea no es solo un asunto del alma, es política. No nace del vacío existencial, sino de la precariedad cotidiana, de esa impotencia que da ver cómo la vida entera se consume en sostener lo mínimo. Se llama depresión, pero también podría llamarse obediencia, precariedad normalizada o sencillamente… esclavitud con tarjeta de débito.

 

Y así, cada café frío no es un ritual, ni un símbolo, ni un manifiesto. Es apenas eso: una impostura líquida en un vaso barato.


Y yo, surtido de pequeños actos heroicos de pereza, me lo bebo como si fuese un plan a largo plazo.


Al menos me mantiene con vida… lo cual, si lo pienso dos segundos, quizá no sea tan buena noticia.

Comentarios


Logos (1).png

Angirû  es una revista para quienes creen en la fuerza de las historias bien contadas y en el poder de la empatía. Es la suma de voluntades estudiantiles cuyas ideas se transcriben en reflejar lo que sucede alrededor nuestro.

  • Youtube
  • casa club
  • Instagram

© 2025 Creado por Revista Angirû con Wix.com

bottom of page