Eran muchos, y faltábamos 30.000
- Estrella Gutierrez
- 20 mar
- 6 Min. de lectura
Una crónica de Estrella Gutiérrez
La historia de un lunes de tambores, pasos y justicia. Una crónica desde la mirada de los que no están y aun así vuelven para revivir la memoria.
Hoy es lunes 24 de marzo de 2025. En Argentina han pasado seis lunes de movilizaciones por la memoria, verdad y la justicia desde ese 24 de marzo de 1976.
El mundo en estos 49 años cambió mucho, y mi Corrientes no se quedó atrás. El café al que iba cerró, y el puesto donde compraba torta parrilla ya no está más.
Este lunes no es como cualquier otro, espero pacientemente que den las seis para ver cómo se llena de gente el parque Camba Cuá. Ahora es un punto en común en la ciudad, muy diferente a cómo era en mis tiempos. Es un lugar compartido para venir a tomar mates, para los niños que juegan entre las esculturas nuevas y para quienes ahora se sacan fotos frente a las letras blancas que nombran al parque. El arte se puede ver en todos lados, paredes pintadas que expresan lo que cada uno quiere, algo que en 1976 era imposible de hacer.

Todos los 24 de marzo un grupo de personas se reúne en este lugar. Marchan por la misma causa, con la misma dignidad. En estos 42 años, las marchas siempre se hicieron con mucho respeto. Este año hay más gente que antes, veo carteles nuevos, escucho nombres que resuenan por primera vez y otros que ya están desde siempre.
Cuando la marcha comienza, la encabezan seis jóvenes con los ojos vendados y las manos atadas, ubicados en una hilera al principio de la avenida Costanera. El clima caluroso, típico de Corrientes, y el sonido de los tambores marca el ritmo de los pasos que se acercan para dar inicio a la movilización.
Como siempre que se habla de la dictadura argentina, hay un respeto y un silencio que no se rompe. Un silencio denso, que flota como un vacío: el de las personas que faltan, los gritos de auxilio que no se oyeron, o peor aún, aquellos a los que hubo que hacer oídos sordos.
La última dictadura militar en Argentina, autodenominada "Proceso de Reorganización Nacional" dejó una marca en todo el país. Y el día de la memoria busca que esa marca siga siendo visible, para que los años no la borren, para que el sufrimiento, los desaparecidos y la violación a los Derechos Humanos no se olviden.
Cuando la marcha avanza, dos figuras en la primera fila captan todas las miradas. Él lleva una camisa a rayas celeste, manchada con pintura como si fuera sangre, con marcas en la espalda y en el pecho. Su cabello es largo, rubio y una venda blanca le cubre los ojos. Las manos las lleva atadas por detrás con un pañuelo, también manchado de “sangre”.
Del chico resalta su forma de caminar, inseguro y con los hombros rígidos. Por su contextura y su presencia, es fácil encontrar en su rostro alguno parecido a cualquiera de los rostros impresos en las remeras de las personas que iban detrás de ellos. Podría ser Juan Carlos Aguirre. Podría ser el Titi Álvarez. O incluso podría ser yo. Espero que a quienes lo ven les impacte también, y que en ese cuerpo reconozcan a los que ya no estamos.
Una joven camina a su lado, vistiendo una pollera marrón, una remera blanca y una venda en los ojos. Esa chica, pequeña en contextura y edad, lleva sus manos detrás mientras avanza guiada por dos personas. Cada tres cuadras se paran en las sendas peatonales.
Verlos parados en hilera junto a esas líneas blancas en el asfalto, es lo más parecido a demostrar la postal de una tortura. Como si esas rayas los apuntaran. Como si los señalaran, dejando a los seis jóvenes cabizbajos, caminando sin ver y con las manos atadas. Ellos demuestran, al frente y expuestos, un poco de lo que se siente que te priven de los sentidos, de la libertad de tu cuerpo.

La marcha se dirige al actual Espacio de Memoria, el Ex Regimiento 9. En la entrada hay una placa de hierro que dice: “Aquí funcionó un centro clandestino de detención”. Según los registros nacionales, operó desde agosto de 1976, bajo el mando del Ejército Argentino, a cargo del golpe de Estado. Allí se realizaban “detenciones políticas” y se planificaba la represión en las provincias de Chaco, Misiones y Formosa. Principalmente, se encargaba de la planificación en los departamentos de Capital, Saladas, San Cosme, San Luis del Palmar, Bella Vista, Goya, entre otros.
Detrás de los representados, después de la batucada, marchan familiares, amigos y sobrevivientes de ese periodo. El blanco predomina a la vista por la calle Costanera.
El blanco de las remeras con rostros. El blanco de los pañuelos. El blanco de los recuerdos que no pudieron borrarse. Hoy la Costanera luce moderna, renovada, con bancos y luces nuevas. Sin embargo, cuando el centro clandestino estaba activo, esa misma avenida era zona prohibida. No podíamos circular, ni hablar, ni preguntar.
Los vecinos del barrio Camba Cuá lo sabían. Sabían qué podían decir, y qué debían callar.
Ahora hay un grupo que se hace llamar así: “Vecinos del barrio Camba Cuá”. Marchan juntos. En ellos se ve la determinación de defender la memoria. Entre ellos lo veo a José “Chengo” Almirón, Lleva una remera con mi cara. Dice: “El Mono Vargas. Desaparecido. RI9. Noviembre 1976.”. Tantas cosas hablamos mientras estábamos encerrados en una de las habitaciones de ese regimiento. Siempre lo encuentro acá, año a año, y tengo la fe de que él cree encontrarme también entre toda esta gente.
Noto que una joven de cabello oscuro, se le acerca.
—¿Me podría decir quién es la persona que lleva en su remera? —le pregunta, mientras le muestra el celular. Es una estudiante interesada en grabar su testimonio. Chengo empieza a hablar. No solo me lleva a mí. En su pecho también están Carlos Rubén Marcon y Roque Monzón. Su voz no tiembla. No parece cansado, aunque algo en su mirada se nota distinto. Explica quiénes fuimos. Por qué no estamos ahí. Nombra nuestras edades, nuestras ideas, que nos pasó y hasta cuenta fragmentos de lo que hablamos mientras estuvimos detenidos.
Nadie sale ileso de un secuestro. Ni de una tortura. Ni de una desaparición. Chengo lo sabe. Por eso marcha.
Como todos los sobrevivientes, no deja que la memoria se detenga. Todos los sobrevivientes de la dictadura militar marchan año a año para buscar justicia.
En 2023 se llevó a cabo el último juicio en Corrientes por los delitos de lesa humanidad. Nueve ex oficiales de la Brigada VII fueron condenados, según informó el diario El Litoral. Fue la sentencia número 332 en todo el país. La Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad (PCCH) contabilizó 1.195 personas condenadas desde el regreso de la democracia. Es un número que no borra el horror, pero dice algo: que seguimos contando. Que la memoria del pueblo insiste. Por eso se sigue juzgando a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura cívico-militar.
En la última parte de la marcha veo a madres con pañuelos blancos, a niños que cargan carteles con nombres, todos marchando. Todos los años parece sumarse más gente en este camino de memoria, en busca de verdad y justicia. Sin embargo, en cada paso también se siente la cantidad de gente, como yo, que falta en ese lugar. Esos militantes, estudiantes y docentes.
Adelante van personas con cámaras y celulares, algunos son fotógrafos, otros estudiantes, otros solo ciudadanos. Uno de ellos tiene una remera con el lema “Universidad Pública”. Atrás, las agrupaciones con sus pasacalles. Sin embargo, la causa principal de la marcha va al frente:
Mi amigo Chengo.
Los sobrevivientes.
Nuestros rostros impresos en carteles.
Los familiares.
El ritmo de los tambores buscando visibilizarse.
El calor correntino que siempre nos caracteriza.
El cielo cubierto de nubes.
La calle llena de pasos.
Eran muchos, y faltábamos 30.000.
Y vamos a estar siempre, porque falta gente.
Nadie está solo en esta marcha. Quienes caminan no vienen solo a acompañar. Vienen a dejar registro. A decir: acá estamos. Vienen a defender una memoria colectiva que les prohíba olvidarse de nosotros. Este año, este lunes 24 de marzo, como los seis anteriores, el ”Mono” Vargas estuvo presente. Areta, Joaquín Enrique, estuvo presente. Myriam Coutada y su bebé, estuvieron presentes.
Es muy importante que siempre haya un 24 de marzo de memoria, incluso los otros 364 días del año. Donde al llegar se cante el himno, se lea el documento preparado y se nombre a los desaparecidos. Es importante para que Dora Elena Vargas, de 24 años; Roque Monzón de 30 años, y Joaquín “Bocha” Arqueros, de 28 años, sigan caminand
o en el peso del silencio presente.
Es importante para que el personaje de Juan Ramón (Mono) Vargas, que con mucho respeto intente retratar, siga contando los próximos lunes, martes o miércoles 24 de marzo. Porque en ese recorrido estuvieron presentes, y mientras se siga caminando y la gente se siga convocando, ellos van a seguir estando.
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