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Un Sapucay en la Guerra

  • Ingrid Sotelo
  • 29 mar
  • 8 Min. de lectura

Un texto de Ingrid Sotelo.


 El Puerto Soledad no era sólo un nombre, era un pueblo en el fin del mundo, donde la única vida era la de animales como focas, leones marinos, pingüinos y ballenas. María Sáez Pérez de Vernet tenía apenas dos meses de embarazo y no sabía aún todo lo que vendría. El decreto que nombraba Comandante Político y Militar de las Islas Malvinas a su esposo, Luis de Vernet, no decía nada sobre partos en tierras remotas ni sobre el viento constante del sur. Pero el 15 de julio de 1829 desembarcaron en aquel puerto frío y salado, junto a otras veintitrés familias, dando la bienvenida a lo que sería su hogar y su pueblo.

 

El lugar se extendía por menos de un kilómetro, bordeando una caleta que funcionaba como puerto interior. En el centro se alzaba la Casa principal, sede de la Comandancia, y frente a ella un mástil con bandera y una batería que sólo se utilizaba para saludar con cañonazos alegres a las embarcaciones que entraban al puerto, o como ruidoso homenaje a la bandera. 


 Un jardinero alemán que sembraba hortalizas y flores, un estaqueador que vivía junto al horno, un tonelero que prestaba su rancho para organizar bailes y un panadero portugués que le daba al pan el punto justo en las frías madrugadas fueron algunas de las personas que vivían allí.


 Las fiestas eran momentos de encuentro. Un día echaron la red por primera vez y sacaron cuatrocientos peces, hubo alegría, asombro, y seguramente algún brindis. Otro día, Marta y Antonio se casaron ante cuatro testigos, firmaron su unión y bailaron hasta el amanecer. Las celebraciones no eran lujosas, pero se hacían con lo que había, y con ganas de compartir, como buen ser argentino.


 El día de Santa Rosa de Lima, patrona de América, fue especial. Ese 30 de agosto, Vernet tomó posesión de las islas en nombre del Gobierno de Buenos Aires. La bandera se alzó, sonaron veintiún cañonazos, y todos gritaron “¡Viva la Patria!”, con acentos distintos y con cintas celestes y blancas en los sombreros. No era sólo el nacimiento de una comandancia, sino el de una comunidad que se pensaba parte de algo más grande.


 Todo esto lo sabemos por que María lo escribió.


 Lo dejó registrado en un diario que comienza el mismo día que llega al Puerto Soledad. En sus páginas no hay estrategia ni conflicto, hay una bandera izada con orgullo, un jardinero que promete flores y una pareja que se casa con baile y promesa de iglesia cuando vuelvan a Buenos Aires.


 Se puede sentir que María hablaba desde otro tiempo, uno donde las Islas Malvinas eran hogar, no un campo de batalla o una tierra usurpada. Antes de la guerra, antes de los uniformes, los combates y los nombres grabados en placas de bronce, hubo un pueblo donde la soberanía se decía en voz alta y con naturalidad, no se gritaba con armas, sino que se ejercía con la vida misma.


 María lo escribió como quien documenta el pulso de un pueblo, una nación que apenas comenzaba a respirar. Hoy sus palabras duelen y reconfortan al mismo tiempo, porque nos recuerdan que antes de toda herida, existió una esperanza, un pedacito de patria. Y tal vez por eso cuesta empezar este texto hablando de guerra, porque antes hubo vida, y porque esa vida también forma parte de lo que fuimos a defender.


 El 31 de diciembre de 1831, un barco de guerra estadounidense al mando del capitán Silas Duncan, el USS Lexington, llegó a Puerto Soledad. Duncan desembarcó con sus hombres, arrestaron a las autoridades locales y saquearon casas y edificios públicos. Arrasaron con todo lo que podían y se justificaron por la detención argentina de tres buques estadounidenses, acusados de pescar ilegalmente.


 Es importante aclarar que lo que hizo el USS Lexington fue un acto de fuerza y no siguió ningún proceso diplomático o legal antes de actuar. No reconocieron que esas tierras estaban bajo el control legítimo de Argentina, no respetaron su soberanía. Y como resultado, las Islas Malvinas, situadas en el Mar Argentino, a unos 600 km de la costa patagónica, en las que Sofía, hija de María, había dado sus primeros pasos, ya no existía.


 Al ver esto y ante la creciente industria del sellado, la corona británica no pudo resistirse a imponer su histórico poder una vez más, y el 3 de enero de 1833 la Unión Jack ya se encontraba danzando por el viento del sur.


 Desde ese momento, hasta la actualidad, Argentina reclama su soberanía sobre las Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur, las que le pertenecen por herencia española, por presencia argentina desde 1820, y porque fueron ocupadas por la fuerza de una potencia extranjera.


 149 años después de la ocupación, en 1982, el país se encontraba bajo una dictadura militar. Esta implantó un plan sistemático de represión con secuestros, torturas y desapariciones forzadas de alrededor de 30.000 personas, censuró la cultura y persiguió la militancia política. Por si fuera poco, aplicó políticas económicas que aumentaron la pobreza, la desigualdad, y la deuda externa. Resulta cierto decir que el Estado dejó de proteger a la población y se convirtió en un instaurador del miedo, dejando consecuencias que nos persiguen hasta el día de hoy.

 

 Por esto mismo, la Junta Militar del general Leopoldo Fortunato Galtieri, había notado el desvanecimiento del apoyo por parte de la población y, como manotazo de ahogado, no se les ocurrió mejor idea que la de recuperar las soñadas tierras perdidas, las Islas Malvinas. La potencia británica, por su parte, se encontraba bajo el mando de la primera ministra Margaret Thatcher, quien tenía muy baja popularidad. Inglaterra sufría una crisis económica, con un alto porcentaje de desempleo y protestas sociales; razones suficiente para que pensaran que ganar una guerra podía mejorar su imagen en la opinión pública y demostrar que seguían siendo una potencia fuerte.


Nos encontramos frente al egoísmo humano en su mayor esplendor; dos mandatos cegados por el hambre de gloria, que no eran aceptados por el resto del mundo y consideraron que alimentar sus intereses políticos, a pesar de las miles de personas que afectarían en el camino, era la mejor solución.


 La Guerra por las Islas Malvinas duró 72 días. Comenzó el 2 de abril y dicen que terminó el 14 de junio de 1982. “Dicen” porque nunca terminó del todo, porque las heridas siguen abiertas y el dolor sigue vivo. Pese a que sabían que el conflicto se venía gestando desde hacía 150 años, y que iban a enfrentar a una potencia militar, los militares decidieron avanzar igual. Y no lo hicieron con estrategia ni preparación: obligaron a jóvenes inexpertos de apenas 18, 19 y 20 años a ir a una guerra para la que no estaban preparados. Muchos de ellos estaban haciendo el Servicio Militar Obligatorio y no habían tenido el entrenamiento ni el equipo necesario para una guerra. Les dieron armas viejas, en mal estado, y los enviaron a pelear en condiciones extremas: frío, hambre, sin abrigos y sin agua potable. No solo tenían que enfrentarse al enemigo, sino también al abandono y al maltrato de sus propios superiores.

 

 Es imposible olvidarse de Martín Balza, ex jefe del Ejército Argentino, agradeciendo, con la voz entrecortada, los sapucay de los litoraleños bajo fuego británico. Lo dijo como si fuera una postal heroica, y sin embargo se te estruja el alma. Porque esos gritos no eran un gesto de gloria, sino una forma de resistir al miedo, de decir “estamos acá”, de brindar apoyo a sus compatriotas en medio del infierno.

 

 Es necesario hablar de los chicos del norte, los de menos oportunidades, los mandados al frente como carne de cañón ¿Quién los recuerda hoy más allá del homenaje? ¿Quién les devolvió lo que perdieron? Aplauden su coraje, pero olvidan que nunca debieron estar ahí.


Que nunca más un sapucay en la guerra sea lo único que le quede a un pibe para no desaparecer.

 

 En total murieron unas 900 personas: 255 británicos y 649 argentinos, además de tres isleños.


 Detrás de esos números hay nombres, rostros, historias interrumpidas. Hay cartas que nunca llegaron, familias que esperaron un regreso que no se dio, madres y padres que todavía guardan la ropa doblada en un cajón. “SOLDADO ARGENTINO, SÓLO CONOCIDO POR DIOS”, se puede leer en varias tumbas del Cementerio Darwin ubicado en las Isla Malvinas.


43 años después, ¿nos han contado todo lo que pasó?


 La respuesta es no. En los libros de historia que se estudian no se habla de que los pueblos Qom, Wichí, Moqoit (Mocoví), Coya, Guaraní, Tehuelche y Mapuche participaron en la guerra. Juan Chico, docente, investigador y miembro del pueblo Qom, junto a otros veteranos, impulsaron el reconocimiento de la participación de los pueblos originarios en la Guerra de las Islas Malvinas. Casi 100 indígenas lucharon por aquellas tierras, sin embargo, la documentación específica sobre la cantidad exacta de soldados por cada pueblo es limitada, debido a la histórica invisibilización de su participación en el conflicto.


 De la misma forma, no nos cuentan sobre la participación de mujeres en la guerra. Recién en 2012, el Estado reconoció a 16 de ellas como veteranas, aunque muchas más participaron, sobre todo como enfermeras que atendían a soldados heridos en combate.


 Algunas, como Alicia Reynoso y Stella Morales, tuvieron que ir a la Justicia para que las reconozcan. La historia sigue negando su rol, a pesar de que fueron parte clave de la guerra y de la defensa de la soberanía. Reconocerlas es una deuda urgente y un paso hacia una memoria más justa e inclusiva.


 En el presente, el Reino Unido tiene el tupé de considerar que los cerca de 3.600 habitantes de las islas deben tener derecho a la autodeterminación. 


 Esto es, la capacidad que se les da a los pueblos originarios de decidir su destino político y formar sus propias estructuras políticas dentro de un Estado soberano; algo que no es aplicable en este caso, debido a que el Reino Unido ocupó las Islas por la fuerza, expulsó a su población originaria y no permitió su retorno, por lo que sus habitantes actuales no cumplen con la condición de pueblo originario.


“Respeto.


El conflicto de 1982 marcó nuestra tierra con lugares de batalla y dejó cicatrices en los recuerdos de los involucrados. Por lo tanto, le pedimos que respete los sentimientos de los habitantes de las Islas, así como nosotros respetaremos los suyos.


 Ondear o exhibir en público banderas o estandartes o vestir uniformes militares argentinos tiene el potencial de causar preocupación o angustia pública y podría dar lugar a enjuiciamientos. Mostrar mensajes políticos en banderas o carteles o cantar canciones políticas también puede dar lugar a la detención y el enjuiciamiento".


 Hablan de respeto, pero lo que proponen es censura. Decir que izar una bandera argentina o cantar una canción puede causar “preocupación” y por eso debe ser castigado, es una forma de censura. No se puede pedir respeto por los sentimientos de los isleños mientras se prohíben las expresiones de identidad y memoria argentina.


 En síntesis, ¿Por qué la guerra?..... Una pregunta que Sigmund Freud se hizo en una carta para Albert Einstein en 1932. Él pensaba que la guerra no es una solución, sino la expresión más pura de los impulsos destructivos del ser humano. Es un atraso que arrasa con todo lo que permite la convivencia, que transforma jóvenes en soldados, y el dolor en censura, una decisión política que prefiere las armas al diálogo, la violencia al entendimiento.


 Recordar Malvinas no es glorificar la guerra, sino reclamar por la paz que se les negó a tantos, y exigir que nunca más se repita una historia escrita con sangre sobre un mapa que sigue en disputa.


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